La gran mayoría de jugadores pertenecientes al tenis profesional, habrían sucumbido frente a la osadía de Jannik Sinner en la Final de Roland Garros, considerando que los dos primeros sets fueron suyos, con 4-6 y 6-7 en su favor. Sin embargo, su oponente es alguien destinado a escribir su propio relato, uno que perdure en la historia del deporte de la raqueta de por vida. Carlos Alcaraz convirtió lo imposible en posible. Así se explica ese 6-4 logrado en el tercer set, por no hablar de los épicos 7-6 y 7-6, obra de un tenista diferente, de aquellos que tienen por raqueta una varita mágica.
Quinto Grand Slam para el murciano, y no se va a detener ahí, precisamente por lo señalado anteriormente, porque Carlos Alcaraz tiene su nombre escrito en esa lista selecta de tenistas denominados distintos, quienes poseen el talento para lograr proezas con apariencia de inalcanzables. Todo ello partiendo de su humildad, virtud capaz de traspasar cualquier frontera. El deleite para el respetable, la gloria para él.