Ser del Levante UD carece de explicación, pues consiste en todo un sentimiento. Una fe inquebrantable hacia un club, cuyo equipo se forjó en el llamado yunque de la adversidad, lo que significa que posee el don de resurgir cual ave fénix, así como la capacidad de despertar pasiones que se llevan desde muy adentro, y que en los peores y mejores momentos, se muestran abiertamente. Pura magia, simple y llanamente.
Fue precisamente lo que sucedió en El Plantío frente al Burgos. Los Granotas agitaron la varita tres veces, durante los minutos 21, 85 y 90+7, obteniendo tres golazos, uno buenísimo, otro espectacular, y el último de ellos, directamente para la posteridad. Dela centró con música, y Morales ni siquiera tuvo que saltar para cabecear al fondo de las mallas. El Comandante colgó el balón como los astros del fútbol, y Brugué se elevó a los cielos para cabecear como nunca, devolviendo la esperanza.
Y finalmente, cuando el 2-2 parecía lo mejor que podía pasarle al conjunto de Julián Calero, dada la imagen, apareció aquel que en su máximo estado de forma, marca las diferencias. Carlos Álvarez se la preparó, alzó la vista, divisó el hueco, y su zurda dorada mandó el esférico a la escuadra. Debía ser así, con un gol estratosférico, a cargo de un mago del balón, y por si acaso fuera poco, en el último minuto de partido, cobrándose el Levante UD una gran deuda con la historia.
Falta la guinda frente al Eibar, en lo que será un absoluto festival de euforia y deleite en pleno Ciutat de València, aunque el objetivo central esté a buen recaudo. Hoy también es día de romper una lanza en favor de Julián Calero, un entrenador criticado no precisamente pocas veces, pero acreedor del premio al triunfo con sus ideas, gracias a su fidelidad para con ellas. A la tercera fue la vencida. El Levante UD ha regresado a la Primera División del fútbol español. Enhorabuena equipo, gracias afición.
MACHO LEVANTE