El Botafogo escribió su nombre con letras mayúsculas y doradas adjudicándose por vez primera en su historia la Copa Libertadores, derrotando por 1-3 al Atlético Mineiro en la Final celebrada en el Estadio Mâs Monumental de Buenos Aires. El conjunto dirigido por Artur Jorge, jugando con uno menos durante todo el encuentro, supo sobrevivir gracias a una labor defensiva memorable, y aprovechó las pocas ocasiones que tuvo mostrando un gran ejemplo de acierto goleador. Una muy merecida proeza.
El Planeta Fútbol se vestía de gala, pues la Copa Libertadores representa el torneo con mayor prestigio en toda Sudamérica, y su reputación es de fama mundial. Era un día señalado en el calendario. Estaba claro que, pasara lo que pasara, Brasil se iba a cubrir de gloria, pues dos de sus equipos se citaban en el partido definitivo, pero a nivel de clubes, había un asunto primordial que dirimir.
Una verdadera lástima que semejante Final se iniciara de la peor manera posible. A los treinta segundos, al jugador del Botafogo Gregore se le fue la pinza, propinando un patadón en la cabeza a Fausto Vera con los tacos incluidos que le hizo sangrar varios minutos. Decir que la acción fue muy fea es quedarse corto. Roja como una catedral y supuesto mazazo para el Botafogo.
Sin embargo, en el fútbol, igual que con las matemáticas, existen toda clase de probabilidades, como el que la primera ocasión clara sea protagonizada por el equipo en inferioridad numérica. Almada se quedó cerca de estrenar el marcador lanzando una falta directa en el minuto 7, pero no pudo ser. Respondió no obstante el Atlético Mineiro de forma inmediata. Hulk hizo trabajar a John con un trallazo, para después asistir de cabeza a Deyverson, que no llegó a rematar. A partir de entonces, el respetable presenció un monólogo banal del cuadro dirigido por Gabriel Milito, que a pesar de tener a los once sobre el verde, no supo qué hacer con la pelota, siendo incapaz de traducir su dominio en ocasiones manifiestas.
Y fue de esa manera, con el Atlético Mineiro pecando de inoperancia, y el Botafogo atrincherado pero acechante, que arribó el minuto 35, momento en que, tras cazar un rechace, Luiz Henrique abrió la lata. Los de Artur Jorge mandaban. El bloque de Gabriel Milito quedó anestesiado por el golpe, lo que hizo envalentonarse a un Botafogo que al minuto 44, obtuvo un penalti gracias al esfuerzo de Luiz Henrique. Alex Telles no iba a desperdiciar semejante oportunidad, y el 0-2 subió al marcador. Justo castigo para un Atlético Mineiro simplón, y merecido premio para un Botafogo con los machos bien agarrados.
El discurso de Gabriel Milito a los suyos debió ser de los que marcan época, porque nada más regresar al campo, el Atlético Mineiro se transformó. Tanto fue así que, al minuto 47, Hulk centró con música, y Eduardo Vargas cabeceó sin oposición ni necesidad siquiera de saltar. Había partido, y como era de esperar, el Botafogo padeció. El Atlético Mineiro no dejó pensar a su rival, al tiempo que lo sometía a un acoso sin tregua. John tuvo que lucirse ante el zurdazo de Hulk al minuto 63, el Botafogo se libró de otra intentona inmediatamente después, y al 66, Deyverson desperdició una tercera ocasión. Los de Artur Jorge resistieron como espartanos, hasta lograr arribar con ventaja llegado el minuto 85.
Y entonces, en los instantes finales, emergieron dos últimos protagonistas. El primero, Eduardo Vargas, autor del tanto del Atlético Mineiro, y que a buen seguro soñará con la Final más de un día. Hizo lo más difícil en las dos de libro que tuvo, fallar. Al 85 incomprensiblemente frente a John, y en el 87 mandando su vaselina alta tras el error defensivo del Botafogo. Nada que ver con el último gran héroe, Júnior Santos, que al 90+7, llevó el delirio a la hinchada del equipo que obró una gesta inolvidable en la historia de la Copa Libertadores, un Botafogo que se ha ganado su entrada al Olimpo. Enhorabuena a toda su gente de bien.