UN ACTO DE FE EN LA CIUDAD DE LA LUZ

Las hazañas del Atlético de Madrid en la Champions solamente se explican si se consideran como actos de pura fe. No es de extrañar que se le conozca como el equipo que nunca deja de creer. Su última proeza fue en París, la ciudad de la luz, adjudicándose en el Parque de los Príncipes una victoria que para muchos otros conjuntos hubiese sido imposible, pero los del Cholo Simeone son especialistas en traspasar esa clase de fronteras. 1-2 se impusieron al PSG, dejando a la escuadra de Luis Enrique y a su hinchada con la boca abierta.

Mucho puede hablarse de varias cuestiones, tales como, que no jugó bien, perdió un montón de balones, y que sus estrellas han conocido y conocerán noches bastante más inspiradas, empezando por un Griezmann que durante la mayor parte del encuentro incluso parecía sobrar. No digamos nada sobre el hecho de que el balón perteneciera al PSG. Sin embargo, este equipo tiene un diploma dorado en presencia y casta, uno que luce en noches así, y que posee la capacidad de conjurar la misma sensación que acabó planeando sigilosa por el ambiente. Y es que, el PSG, con semejante arsenal y tamaña persistencia, podía pasarse literalmente doscientos minutos tratando de batir por segunda vez la meta contraria, que no lo iba a conseguir. No frente a este Atlético de Madrid, cuya fe mueve montañas.

El conjunto de Luis Enrique comenzó como se esperaba, presionando, tocando y lanzado hacia los dominios de Oblak, y al minuto 14, sus planes parecieron surtir el efecto deseado. Lenglet la pifió, convirtiéndose en aliado inesperado para un PSG que por medio de Zaire-Emery, abrió el marcador. Aquellos instantes parecían augurar una noche aciaga para Los Colchoneros. Cuatro minutos bastaron para poner eso en duda. La veloz reacción del Atlético de Madrid tuvo su premio cuando Nuno Mendes, emulando a Lenglet, cometió un error grosero, Giuliano Simeone lanzó, y Nahuel Molina cazó el rechace batiendo a Donnarumma. El PSG puso una marcha más, con el cuero perteneciéndole, pero los pupilos del Cholo Simeone, lejos de volver a desconcentrarse en defensa, se aplicaron hasta el punto de no sufrir, al tiempo que se mostraban muy cómodos replegados y buscando contragolpear.

Tras el paso por los vestuarios, Los Colchoneros salieron con un nivel de agresividad mayor, pero en pocos minutos, el conjunto de Luis Enrique recuperó el control del esférico. A partir de entonces, el encuentro se transformó en un monólogo ofensivo parisino, frente a un Atlético de Madrid que apenas aparecía en ataque, perdía muchos balones en la medular, y tuvo que encomendarse a Oblak para que Dembélé, Barcola, Nuno Mendes, Marquinhos y Achraf no anotasen un gol que hubiese supuesto un golpe de ko. Sin embargo, los compases finales se aproximaron, el PSG perdió claridad en sus acciones, sus energías disminuyeron, y los huecos que dejaba para posibles contras terminaron por ser descarados. Y entonces, al 90+3, cuando el Parque de los Príncipes asumía el empate, Griezmann hizo recordar a todo el mundo que aún estaba en el verde, encontrando el hueco para escaparse, aguantar y esperar al socio idóneo. ¿Y quién era? Pues el rey de los revulsivos, un Correa que siempre aparece, y que simbolizó otro acto de fe rojiblanco recibiendo, recortando a su par, y definiendo. No se lo creía el banquillo ni la hinchada parisina, pero sí, habían perdido. Esa es la diferencia, el Atlético de Madrid siempre cree.

Publicado por Miguel Ávalos

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